2/6/11

Chikuasen tachia lismej itech sayoj se ixtololo / Seis miradas nahuas en un solo ojo



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Si existe algún punto en común entre el conjunto de las artes y los lugares donde uno las encuentra, no es el hecho de que todas las artes apelen a un cierto sentido universal de la belleza. El punto común reside en el hecho de que ciertas actividades están específicamente diseñadas en todas partes para demostrar que las ideas son visibles, audibles y tangibles, que pueden ser proyectadas en formas donde los sentidos, y a través de los sentidos, las emociones puedan aplicarse reflexivamente.

Geertz, C. (1994 : 146)


Han transcurrido 17 años desde que Carlota Duarte en 1992, creó el Proyecto Fotográfico de Chiapas “con el objetivo de facilitar a la gente indígena el acceso a implementos y materiales fotográficos, ayudándoles a adquirir habilidades en el uso de la cámara y en los procedimientos del cuarto obscuro.” (Duarte, 1998: 8). Más recientemente se instauró en 1998 el Taller Fotográfico de Guelatao en Oaxaca, dirigido desde sus inicios por Mariana Rosenberg, en el cual además de enseñar a utilizar una cámara manual, preparar los químicos, revelar la película e imprimir fotografías en blanco y negro, se realizaron sesiones de crítica y edición de imágenes.

Aunque tales esfuerzos, son y seguirán siendo un referente obligatorio para la historia de la fotografía étnica y para quienes intentamos formar jóvenes fotógrafos indígenas, hoy en día se requieren objetivos distintos a aquellos, dado que los grupos étnicos y sus realidades se han transformado considerablemente. Por un lado, el fenómeno creciente de la migración y los intercambios con otras culturas, han propiciado que las y los jóvenes indígenas estén cada vez más familiarizados con el uso de cámaras fotográficas o de video digitales, celulares, y computadoras. Por el otro, los avances tecnológicos han prácticamente cerrado las puertas del cuarto oscuro y abierto el camino a los procedimientos digitales, en los que el Internet y las crecientes redes sociales han adquirido un auge tan notable que involucrarán tarde o temprano a los grupos indígenas. Al final, como resultado inevitable de estos procesos, somos testigos de la manera acelerada en que se desdibujan las fronteras de la otredad.

Bajo este complejo contexto se generó la propuesta de dar un taller de fotografía digital a un grupo de jóvenes nahuas, entre 14 y 18 años, de la comunidad de Yohualichan, Cuetzalan. El taller tuvo como propósito brindar a los jóvenes indígenas herramientas teóricas, estéticas y técnicas para elaborar un proyecto fotográfico colectivo, a través del cual pudieran reflexionar sobre su propia cultura y presentar los resultados obtenidos en un blog comunitario, un libro electrónico y una exposición. [1]

Desde el comienzo del taller, fue menester preguntarse si las y los jóvenes se consideraban a sí mismos indígenas, en qué contextos y bajo que parámetros; así como si pensaban que compartían una cultura que les permitiese desarrollar un proyecto común y si les interesaba reflexionar sobre ella. Estas cuestiones obviamente no podrían ser resueltas por completo en un breve taller; no obstante, fueron planteadas con el fin de no caer en supuestos que pudieran ensombrecer el proceso creativo. [2]

Una vez que las y los jóvenes respondieron afirmativamente a tales interrogantes, el siguiente paso fue definir un punto de vista desde el cual encausar este proyecto fotográfico. El reto fue entonces alejarnos, retomando a García Canclini, de las concepciones multiculturales que reconocen “la diversidad de culturas, subrayando sus diferencias y proponiendo políticas relativistas de respeto, que a menudo refuerzan la segregación” e intentar acercarnos más al concepto de interculturalidad que enfatiza la confrontación y el entrelazamiento que acontecen cuando los grupos entran en relaciones e intercambio y que implica entender “que los diferentes son lo que son en relaciones de negociación, conflicto y préstamos recíprocos”(Canclini, 2004:15).

En este sentido, se trabajó para que las y los jóvenes se enfrentaran al intercambio de representaciones visuales que subyace a toda interculturalidad, a través de la observación de imágenes de grupos étnicos hechas por fotógrafos indígenas o por fotógrafos de otras culturas -sea desde el campo del arte (fotografía) y/o la ciencia (antropología). Las fotografías de autores como Nacho López o Mariana Yampolsky, demostraron tener vigencia y significación para las y los jóvenes, al activar su memoria o emoción, así se expresaron sobre una imagen de Yampolsky
[3] “demuestra el llanto de los corazones destrozados; es muy hermosa porque dan a entender la tristeza de las personas ocasionada por algo malo”; en tanto que las imágenes contemporáneas de Eniac Martínez, Federico Gama o Ernesto Lehn, despertaron su reflexión y curiosidad al destacar la aparente diferencia con respecto a su cultura, así recapacitaron sobre una foto de los mazahuacholoskatopunks de Gama[4] “me llamó la atención porque en mi comunidad tengo vecinos que fueron a la ciudad y regresaron con nuevas creencias, la ciudad los absorbió”. Mientras que la obra de los fotógrafos indígenas de Chiapas como Maruch Sántiz, que podría resultarles más cercana en tiempo y espacio, prácticamente no resultó de su interés.

La revisión de fotografías sobre los nahuas de Cuetzalan les permitió a las y los jóvenes fotógrafos observar la manera en que han sido históricamente representados, detectar algunas características recurrentes en dichas imágenes, tales como el predominio del blanco y negro o el retrato en exteriores, y pensar en elaborar contrapropuestas de cómo quieren mirarse y ser mirados, sobre lo cual espero este libro constituya un primer aporte.
Mediante la construcción colectiva de las características que consideraron propias de su comunidad, las y los jóvenes determinaron los temas que representarían fotográficamente según sus propios intereses.

De este modo, Aureliano Juárez eligió abordar los espacios con leyendas; Brenda Ángeles el trabajo; Brenda Márquez la naturaleza; Didier Ángeles las pirámides; Marta Antonio las artesanías y Teodora Hernández la comida.

En el presente libro podemos observar interesantes resultados de la interculturalidad en sus fotografías como la de los llaveros o servilleteros de Marta, en donde espontáneamente retrata un tipo de “artesanía turística”, diferente a la “artesanía tradicional” de los bordados y tejidos. Aquellos objetos, que pueden ser entendidos como externos a la cultura nahua, se mezclan con elementos internos de la misma cultura, como lo son las pirámides o los voladores de Yohualichan en un objeto que termina por ser expresión del sincretismo cultural. De igual forma se puede encontrar lo intercultural en la foto de Didier sobre sus amigos jugando futbol en el área de las pirámides, en lugar del histórico juego de pelota o en la imagen de la iglesia construida con piedras extraídas de las pirámides.


Marta Antonio


Es observable también en las imágenes de Brenda Márquez sobre las palomas enjauladas, el perro amarrado o las serpientes disecadas, que ponen en entredicho la idea de que las comunidades indígenas tienen una relación más armoniosa con la naturaleza. Lo que nos atrapa de estas fotos además de su valor compositivo, son justo estos puntos de conflicto que coexisten con otras formas de relación hombre-naturaleza.No obstante, pese a las innegables relaciones entre la cultura nahua y otras culturas, no todo deviene en modificaciones significativas. En estas imágenes, también podemos ver que en ciertos niveles de la interculturalidad, la identidad cultural tendiente a ser cada vez más sociocomunicacional que territorial, permanece sin ser plenamente diluida por la globalización en ciertos circuitos socioculturales ligados a lo étnico. (Zubiría, 2001:19).

Las fotos de Teodora sobre los alimentos tradicionales y sus respectivos procedimientos de preparación; algunas actividades laborales retratadas por Brenda Ángeles; las blusas de labor, junto con otros detalles de la vestimenta fotografiados por Marta y algunos lugares míticos de Aureliano son plena muestra de ello.


Teodora Hernández

Aureliano Juárez

Debido a la hibridación de elementos y sentidos a los que una imagen puede dar vida, fue preciso considerar la perspectiva Emic de las y los jóvenes fotógrafos; es decir, la representación interna que tienen sobre su propia cultura y cuya prueba según Marvin Harris, es “la correspondencia con una visión del mundo que los participantes nativos aceptan como real, significativa y apropiada” (Harris, 1983:28).

Acorde con ello se incluyeron los textos explicativos de las y los jóvenes acerca de sus propias fotografías, con la intención de favorecer que se apropiaran visualmente y por escrito de su propia realidad. Los textos que se construyeron personalmente con cada uno de las y los fotógrafos sobre algunas de las imágenes seleccionadas, destacan elementos significativos que las fotos por sí solas no hacen evidentes para un observador externo a esta cultura y a veces ni siquiera para los propios habitantes del lugar.

Buscamos respetar la propia cultura visual de las y los jóvenes fotógrafos, sin que ello evitase compartirles elementos de composición y narrativa visual, ampliar sus conocimientos fotográficos y adentrarlos en el manejo de programas digitales de fotografía. Constituye todo un reto promover el acceso a las nuevas tecnologías para hacer que los grupos étnicos y las y los jóvenes fotógrafos hagan suyas dichas herramientas con fines creativos. El breve ejercicio de composición digital que realizamos en el taller para alentar su acercamiento a los programas de fotografía, es sólo una provocativa muestra de cuanto falta por hacerse en este sentido. Es fundamental ahondar en las razones por las que han dado poco uso del blog que se construyó (www.yohualnet.blogspot.com) y encontrar formas para propiciar la participación activa, constante y autogestiva de las y los jóvenes indígenas de manera que sus trabajos puedan abrirse camino en el mundo del arte y la cultura en general.


Brenda Márquez

Si como bien apunta Geertz, estudiar una forma de arte significa explorar “una sensibilidad característica en cuya formación participa el conjunto de la vida —una sensibilidad en la que los significados de las cosas son las cicatrices que los hombres dejan en ellas” (Geertz, C, 1994: 122) es posible que Aureliano Juárez, Brenda Ángeles, Brenda Márquez, Didier Ángeles, Marta Antonio y Teodora Hernández hayan dejado ese tipo de cicatrices a su comunidad, tanto con su experiencia como con su sensibilidad, individual y colectiva.

Se trata de una forma de arte que guió las imágenes del tema que cada uno adoptó y que inspiró las fotografías que no pertenecen a su tema, pero que complementan la visión de sus compañeros y compañeras. De ahí el título que conjuntamente eligieron, Chikuasen tachia lismej itech sayoj se ixtololo / Seis miradas nahuas en un solo ojo, para expresar que como jóvenes fotógrafos miran desde un punto en común: el de su propia cultura, el de las cosas que valoran, les gustan y apasionan, el de querer conocer y reconocer con profundidad a su comunidad a través de la fotografía y el de provocar que los que no somos parte de su comunidad -según su propias palabras- podamos ver más allá de donde vivimos. Y yo agregaría, más allá de lo que somos y sentimos.

Valeria Vega

Bibliografía
Duarte, Carlota en Maruch Sántiz. 1998. Creencias de nuestros antepasados. México, CIESAS, Centro de la Imagen.
García Canclini, Néstor. 2004. Diferentes, Desiguales y Desconectados. Barcelona, Gedisa.
Geertz, Clifford, 1994. Conocimiento local. Ensayos sobre la interpretación de las culturas. Barcelona, Paidos.
Zubiría, Sergio, Ignacio Abello y Marta Tabares. 2001. Conceptos básicos de administración y gestión cultural. Madrid, OEI.



[1] El taller de Fotografía Digital, organizado por Espacio Espiral A.C., fue impartido en Cuetzalan, Puebla del 10 de octubre al 7 de noviembre y 19 y 20 de diciembre de 2009, por un equipo interdisciplinario: Valeria Pérez Vega (etnóloga, dedicada a la investigación fotográfica), Elisa Rugo (fotógrafa y comunicóloga visual) y Ehekatl Hernández (diseñador gráfico). Pamela Castillo (fotógrafa) nos apoyó gentilmente en la práctica fotográfica de Todos Santos.

[2] El taller se estructuró en 5 módulos teórico-prácticos de fines de semana, con intervalos intencionados para que las y los jóvenes se llevaran las cámaras digitales a lo largo de la semana y fotografiaran su comunidad según el tema elegido por ellos(as) mismos(as).

[3] Yampolsky, Mariana. 1993. Mazahuas, Gobierno del Estado de México y el Instituto Mexiquense de Cultura.

[4] Gama, Federico. 2008. Mazahuacholoskatopunks. México, INJUVE.

26/9/10

Exotismo y erotismo en la representación de las mujeres mixtecas


I. La niña de los muchos ojos.

La mirada es una niña con muchos ojos. Sí, a decir verdad, un poco monstruosa, como la niña de Tim Burton, en cuya deforme cabeza, innumerables ojos invaden los demás sentidos. Yo también me encontré a esta niña de extraña visión, el otro día en el parque, pero no hablamos de sus clases de poesía sino de fotografía étnica y el problema de saber a través de que ojo se mira al otro.

Percibimos y representamos fotográficamente a los grupos étnicos, con los ojos de nuestra propia historia, identidad, experiencia, propuesta artística o científica, posicionamiento político, clase socioeconómica, conocimiento, imaginario, etc.; es decir, a partir de una cultura determinada que baña nuestra visión de sentido. De este modo, por más que la mirada del fotógrafo quiera pasar como una niña de inocentes y cándidos ojos en los encuentros con la otredad, más bien se trata de una niña mosca muerta, que construye imágenes del otro para sí misma, alejada por lo general, de un profundo conocimiento sobre los grupos étnicos.


II. La niña exótica de Maler

Una tarjeta de visita en albúmina y dos colodiones, realizados en 1873 y 1874, son las más antiguas fotografías que conozco sobre las mujeres de la Mixteca de la Costa en Oaxaca. Estas imágenes fueron tomadas por el arquitecto alemán Teobert Maler, quien se alistó al ejército austriaco en 1864 para apoyar a las tropas francesas en México y una vez finalizada la intervención se dedicó paralelamente a vender sombreros en el interior del país y a la retratística itinerante.

Las fotografías de Maler, opina el investigador Ignacio Gutierrez, “no son tipos populares ni tipologías étnicas o morfológicas y mucho menos imágenes de lo exótico sino imágenes de autoafirmación de los sujetos representados para su disfrute en la intimidad y el entorno familiar”.[1] No obstante la cuestión del disfrute fuera cierta en el caso de que las mujeres mixtecas hayan contemplado sus respectivos retratos y que hayan sido retratadas por su propia voluntad, lo cual es probable dado que Maler se abocó, entre 1868 y 1878, a fotografiar a clientes de poblaciones rurales e indígenas, sobre todo a mujeres indígenas que así se lo pedían, el autor no parece escapar del todo a la tipología étnica, el exotismo y la filosofía positivista que predominaba en la época.


Teobert Maler

Es de notarse que ninguna de las jóvenes mixtecas ve directamente hacia a la cámara. Todas posan de perfil y con un expresión neutra, absortas en sus pensamientos, sostienen sus ojos en algún punto indeterminado de la escena. Sus miradas me hacen pensar que la cámara y/o el fotógrafo les inspiraban cierta incomodidad o temor, provocados quizá por el hecho de que ser retratada implica abrirse a la percepción de quien nos mira; a dejar que nuestro cuerpo y rostro, así como nuestras experiencias y contextos sean leídos por un otro, un hombre extranjero del que estas mujeres sospecho sabían casi nada.

En las imágenes de Maler, hay poco de contexto y de interrelación entre el fotógrafo y las fotografiadas. Se trata más bien de una mirada distante en la que se cuela cierta tipología de las mujeres mixtecas, no sólo porque son retratadas en un estudio que les separa momentáneamente de su cultura, sino porque son guiadas a colocarse en cierta postura y acomodar sus cántaros en determinada forma.

El intento por controlar algunos aspectos de la escena y las mujeres retratadas, así como las decisiones de enfatizar ciertos aspectos a través de un corte o ángulo específico, siempre conllevan la posición del fotógrafo y su particular opinión sobre el mundo y las personas que retrata. Maler no aplicaba un único juicio a los grupos étnicos, para él, el exterior de los indígenas no era tan miserable como las descripciones superficiales podrían hacer pensar; en ocasiones su vestimenta, alimentación e higiene dejaban que desear, pero en otras, los indígenas se bañaban casi a diario y sobre todo las jóvenes se distinguían por su bello y siempre limpio traje tradicional.[2]

Si bien ignoro en cual de estas categorías Maler consideraba estaban las mujeres mixtecas, al retratarles por lo general de medio cuerpo o tres cuartos, destacaba además de la indumentaria, la desnudez de sus pechos, característica que parece haberles convertido desde entonces en motivos de extrañeza y exotismo.


Teobert Maler

III. La niña erótica de Mutschlechner

A casi un siglo de distancia de las fotografías de Maler, otro alemán, el fotógrafo industrial Mario Mutschlechner, realizó entre 1967 y 1969, imágenes a color sobre mujeres de la Mixteca de la Costa, en los municipios de San Agustín Chayuco, Santa María Nutío y Santiago Ixtayutla.

Transcurrieron 41 años para que el autor publicara estas fotografías en su libro Ñundeui, al pie del cielo (conaculta, 2008). Frente a esta temporalidad, acontecida entre la manufactura de las imágenes y su publicación, el fotógrafo no fue capaz de establecer una distancia crítica con sus propias imágenes, ni con las realidades de las que emergieron. El lamentable resultado es un libro que destaca por la pobreza y falta de actualización de sus discursos visual y escrito. Sus imágenes pueden consultarse en http://zonezero.com/exposiciones/fotografos/nundeui/index.html.


Mario Mutschlechner

Así en pleno siglo XXI, Mutschlechner concibe a la Mixteca de la Costa como “una admirable isla en medio del inhumano huracán de los tiempos modernos” y a sus fotografías sobre la mujeres mixtecas como un “puñado de imágenes cuya inocencia embarga hasta la mirada más seca del hombre”. Y es que pese a que en ese entonces el autor reconocía existían en las comunidades problemas de alcoholismo y pobreza, el prefirió como lo dice en sus propias palabras “inventar un paraíso tropical”, “un mundo sin malicia, un retiro espiritual”.[3] En ese su paraíso tropical y atemporal, los mixtecos son un grupo aislado, inocentes y puros, que viven en comunidades sin conflictos ni avaricias, el buen salvaje de antaño.

Bajo sus ojos de explorador romántico, simplemente no hay lugar para la violencia.[4] Lo que tiene cabida son sus idealismos y gustos personales con base en los cuales justifica la imposición de su mirada erótica: “Lo que más me gustó de esa gente fue su pureza. Al ver estas mujeres con los senos descubiertos es evidente que la malicia del desnudo no existía en su cultura.” En sus imágenes, como en el caso de Maler, aparecen mujeres jóvenes de senos descubiertos cargando cántaros de agua, pero esta vez no se encuentran en un estudio, sino bañándose en el río o integradas en la flora tropical. En ocasiones las mujeres mixtecas parecen más bien observadas por un fotógrafo voyeur y para que no se nos olvide que al fotógrafo le gustan los pechos indígenas tenemos también un par de acercamientos de los senos de las mujeres mixtecas.

Las fotografías de Mutschlechner me hacen pensar que entre el exotismo y erotismo de la mirada fotográfica tan sólo hay una letra que les diferencía, al final ambos lidian con la excitación despertada por lo visual, el primero hacia lo nuevo y lo extraño; el segundo, hacia lo sensual.

Asimismo me hace recordar a Roger Bartra cuando señalaba que en la historia de la fotografía étnica existen dos puntos ciegos: violencia y erotismo. Por un lado, explica Bartra, el viejo esteriotipo de los indígenas como violentos, hambrientos de sangre, peligrosos, hostiles a los extranjeros y enigmáticos seres que asesinan a su propia especie, ha ocasionado que muchos fotógrafos se nieguen a reproducir este difamatorio arquetipo. Sin embargo, la violencia está ahí y el fotógrafo debería revelarla. Del mismo modo, los fotógrafos se han mostrado reticentes a desvestir a los indígenas con mirada erótica y a introducir sus cámaras en la intimidad sensual de los indígenas debido a otro arquetipo, el fotógrafo como representante de la sociedad moderna se niega a desempeñar el papel de macho conquistador que penetra y viola a la indefensa sociedad indígena y a que su cámara sea una extensión fálica de los poderes de la sociedad dominante. Por ello cuando lo es, lo hace en nombre de la ciencia y el progreso con una objetividad óptica desprovista de erotismo. Pero la cámara termina por traicionar a su dueño y se coloca por su cuenta en una posición erótica que deambula alrededor de cuerpos desnudos, caminares sensuales y sonrisas provocativas que insinúan la silueta de inconfesables deseos sexuales, atracciones, caricias y filtreos.[5]

Mario Mutschlechner

Es cierto que las mujeres mixtecas, han sido en diversas ocasiones miradas y representadas con este tipo de erotismo oculto; arrancadas de sus contextos e identidades culturales para pivilegiar únicamente las cualidades estéticas de la imagen, o cubrirlas de intencionales miradas fantasiosas. En todos los casos la mirada, esa niña mosca muerta que apareció al inicio del presente ensayo, se transforma en una mujer perversa que en su imaginar termina por negar la existencia del otro.

Quizá una posible salida para esa egoísta mirada fotográfica implantada sobre las mujeres mixtecas, sea que las y los fotógrafos apliquen algunas de los ideas que desde los años sesenta, la antropología plantea: cuestionar la autoridad etnográfica (en este caso fotográfica), abandonar como fuente de poder y legitimación el discurso etnográfico (fotográfico), e intentar restitutir a los informantes (fotografiados) su propia voz (imagen) en un mecanismo de autorepresentación que genere un verdadero diálogo visual y posibilite una representación más justa de la mujeres mixtecas, a través de sus propias maneras de ser y estar en el mundo.


Valeria Vega

Junio 2010



[1] Guitérrez, I. Teoberto Maler. Historia de un foógrafo vuelto arqueólogo. Testimonios de Archivo / 1. SINAFO / INAH, México, 2008.

[2] Maler, T. en ibid. p.75

[3] Mutschlechner, M. Ñundeui, al pie del cielo. conaculta, México, 2008. pp. 86 y 92.

[4] Hay que notificarle que de acuerdo al análisis de la Violencia en Oaxaca realizado en 1995-1996, -realizado por Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juarez, Centro Regional de Derechos Humanos de la Mixteca, Centro Los Príncipes, Centro de Derechos Humanos Bartolomé Carrrasco, Flor y Canto y Pueblos Indígenas de la Chinantla, entre otras organizaciones no gubernamentales. cit. Por La Jornada Septiembre de 1996- entre el 1 de enero de 1995 y el 4 de julio de 1996, Santiago Ixtayutla se destacó como uno de los municipios más violentos, con 13 asesinatos. Que en 1995 hubo un enfrentamiento entre habitantes de la comunidad de San Lucas Atoyaquillo e integrantes de Antorcha Campesina, dejando un saldo de ocho muertos y varias familias desplazadas de su comunidad; que en 1996, se asesinó de 45 balazos al electo presidente municipal de Santiago Ixtayutla, Rigoberto Merino, o que durante 1999, el enfrentamiento entre grupos de distintas facciones dejó un saldo de nueve heridos y al intentar linchar al administrador en curso murieron a machetazos y balazos el guardaespaldas del administrador, el comandante de la PJE y una persona de Xiniyuva, además de quedar una persona amputada.

[5] Bartra, R. Stuffing the Indian Photographically en History of Photography, Mexican Photography. Vol. 20, no. 3, Otoño de 1996. pp. 238-239. El artículo fue publicado primero como prólogo al catálogo Ojo de vidrio: Cien años de fotografía del México indio. Banco de Comercio Exterior, México, 1992.



Ñundeui, al pie del cielo

Contestando a Valeria Vega

por Mario Mutschlechner

Acabo de encontrar en Mirada étnica(http://www.miradasetnicas.blogspot.com/) el artículo “Exotismo y erotismo en la representación de las mujeres mixtecas” que la etnóloga Valeria Vega publico en junio de 2010 acerca de mi libro Ñundeui, al pie del cielo.

Daré mi punto de vista a las conclusiones de la etnóloga y con ello intento aclarar” el problema de saber a través de que ojo se mira al otro”.

Antes que nada subrayo lo que ya dije en el libro: Ñundeui es una visión personal y de ninguna manera una representación etnográfica de las mujeres mixtecas. Es un trabajo artístico apreciado por destacados conocedores del mundo indígena como el recién fallecido escritor Carlos Montemayor, el lingüista e investigador del México antiguo Patrick Johansson, el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, Culturas Populares del Conaculta y el periódico La Jornada, entre otros.

La oportunidad de retratar indígenas que no conocían los modelos occidentales del porte femenino, que no sabían de sostenes y de maquillaje fue significativo e importante para mi. Traté de captar la natural belleza y sensualidad de estas jóvenes sin jamás intervenir en la manera como se presentaban a la cámara o, para citar a Valeria Vega, sin intervenir en “su propia manera de estar en el mundo“.

Decepcionado y lastimado por el capitalismo deshumanizado de la Alemania de los sesentas interpreté aquella cultura indígena desde mi particular punto de vista. Quería “inventar un paraíso tropical” como contrapeso a las ciudades grises de Alemania, a la sociedad mecanizada de la cual venia, con una motivación y un colorido parecidos a los del pintor Paul Gauguin. Para mi estas mujeres representaban y representan una cultura tropical integrada a la Naturaleza, al disfrute del tiempo, del silencio, de su propia emocionalidad, y el hecho de conocer la sacralidad y armonía de la Naturaleza, valores que nuestra sociedad occidental descarta a cambio de dinero y bienes materiales.

Realicé estas fotografías para enfatizar que los seres humanos somos parte de la Naturaleza y que debemos aprender de las culturas ancestrales como vivir en armonía con ella.

Muchos años después, ya radicado en la Ciudad de México, descubrí que algunas de mis fotografías visualizan algunos de los versos más bellos y conocidos de la poesía prehispánica y los apareé para que caminen juntos.

De esta manera pude ilustrar con jóvenes indígenas la antigua sabiduría de “flor y canto”, logré conectarlas con la fugacidad de la vida y con el hecho, que lo único que trasciende al ser humano es su arte y pensamiento.

Para reforzar aún más esta conexión con la sabiduría y exótica cosmovisión del México antiguo he ligado mis fotografías con pictogramas de códices

precolombinos. Esta presentación tridimensional del mundo indígena mexicano, nunca antes realizada, genera una sinergía de formas, ritmos y significados, que, en palabras de Patrick Johansson “concilia la naturaleza y la humanidad, reconcilia el pasado y el presente, y da a ver y sentir la eternidad de los instantes.”

Doy gracias a Valeria Vela por haberme informado de un fotógrafo alemán, Teobert Maler, quien retrató mujeres mixtecas hace más de 125 años. Soy el primero en entender y valorar las dificultades técnicas y de todo tipo, que este hombre debe haber superado en los inicios de la fotografía para lograr sus documentos etnográficos. También aprecio que Valeria está familiarizada con algunos pueblos de la Mixteca Baja y de la Mixteca de la Costa y nos hable, por ejemplo, de la violencia en Santiago Ixtayutla.

Concluyendo agradezco su esfuerzo por analizar mi trabajo y punto de vista, pero creo que no entendió que Ñundeui, al pie del cielo es, más que un documento, poesía. Aunque ella no está de acuerdo con el hecho que he retratado mujeres mixtecas en su natural semidesnudez debería reconocer, que lo hice con respeto y con una visión que va más allá de su sensualidad y presencia física.

Para quien quiera conocer Ñundeui al pie del cielo anexo la liga de la editorial

EDUCAL, donde está a la venta

http://www.educal.com.mx/detalle.php?categoria=&folio=3578&titulo

y la liga de su presentación en 2009 por La Jornada:

http://www.jornada.unam.mx/2009/08/22/index.php?section=cultura&article=a04n2cul

México DF, a 18 de enero de 2011

mario.mutschlechner@gmail.com

Angelita Torres, fotógrafa comca'c por un día


En el rostro de Angelita Torres dos delgadas líneas: una punteada y otra continua casi perfecta en su trazo, separan sus ojos serenos del resto de la cara. Una línea diminuta y un círculo de puntitos que le rodea, le adornan la punta de la nariz. Un poco más abajo, a la altura de los orificios nasales, otras líneas rectas y más cortas remarcan sus pómulos. Otras líneas, esta vez no pintadas sino provocadas por el sol, la vida e historia propias de la mujer se asoman en su frente, en los costados de los ojos y en los costados de la nariz hacia las comisuras de los labios, así como en la textura del mentón, que no logro adivinar si es apretado porque el ser retratada le causa alguna tensión. Mediante la particular pintura facial y la vestimenta que lleva podemos asegurar se trata de una mujer perteneciente al grupo comca´ac (seris) ubicado en Punta Chueca y el Desemboque de la costa de Sonora.

Encuentro en una siguiente foto una mujer que lleva una pintura facial e indumentaria muy parecida, sólo que esta vez no se trata de una mujer comca´ac, sino de la fotógrafa Graciela Iturbide, quien en 1981 viajó a la zona para realizar las fotos de su libro Los que viven en la arena, el cual era parte del proyecto de los libros fotográficos que publicó el entonces INI-FONAPAS. Esta imagen fue la que despertó en un principio mi inquietud para escribir sobre esta serie ¿qué intención tenía Graciela al vestirse como si fuera una mujer comca´ac? ¿trataba de comprender o ser empática con la mujer retratada y su comunidad desde los parámetros de feminidad y belleza comca´ac? ¿Angelita le habría propuesto a Graciela prestarle sus pinturas y vestimenta? Estas interrogantes giraban en mi cabeza y de este modo vino la necesidad de consultar las serie para ver si con ello encontraba respuesta a mis preguntas. Recurrí entonces al archivo fotográfico de la CDI, donde se encuentran si no en su totalidad, al menos una gran parte de los negativos de esta serie (http://69.170.138.130/~mediosen/cdi/login.php) Para mi sorpresa la serie no estaba ordenada así es que empecé por intentar reconstruirla.

Encontré así otra imagen de la serie en la que Angelita y Graciela posan juntas para ser retratadas. La proximidad con la que están sentadas me hizo pensar que entre ellas había una cierta amistad y complicidad. La comparación me resultó inevitable; maquilladas y vestidas de la misma manera parecían tener la misma edad, entre los 35 y 40 años, ambas con cabello obscuro y largo están peinadas de partido en medio, y sin embargo, los rasgos y color de piel de ambas mujeres son claramente distintos. Finalmente, encuentro una gran diferencia en sus miradas, Graciela que luce confiada y relajada mira directamente a la cámara, mientras que Angelita, menos relajada y con cierta rigidez mira a quien fotografía y ¿quién las retrata? La mirada y actitud de ambas me sugiere que tal vez fue Luis Barjau, el compañero de Graciela, quien le acompañó en el viaje.

Angelita y Graciela salen del lugar en el que fueron retratadas, ¿acaso la casa de Angelita? y me encuentro con posibles segundas parte de la serie. Por un lado retratos de Angelita con un velo negro a pleno sol y por otra parte retratos de Graciela que fueron sin duda tomadas el mismo día. Al mirar con detalle ambas series de retratos descubro varias similitudes que me resultan fascinantes: Angelita sosteniendo el velo negro transparente que le cubre la cabeza con ambas manos, Graciela colocándose sobre la cabeza una pañoleta blanca con una postura de brazos parecida y ambas retratadas en un corte hasta la cintura. Angelita en otra toma, de perfil con su velo y los brazos cruzados mirando al horizonte no parece percatarse de ser retratada, Graciela de perfil con su pañoleta mira a la cámara y un par de sus dedos que se asoman en la esquina izquierda inferior, confirman que aunque no lo vemos tiene los brazos cruzados. Angelita con su velo de frente, Graciela con su pañoleta de frente. Angelita en su perfil derecho con los ojos entrecerrados, Graciela en su perfil izquierdo con los ojos entrecerrados. Angelita carga una corita en la cabeza, Graciela carga una especie de pequeña corita en la cabeza. Las fotos de Angelita son de Graciela, de nuevo me pregunto ¿quién retrato a Graciela? Si como supuse anteriormente fue Luis Barjau, no deja de llamar mi atención la coincidencia de estas tomas ¿acaso Graciela y Luis eran tan cercanos como para inconscientemente tomar el mismo tipo de situaciones? ¿habrá sido una acción deliberada? Suponer que las pudo tomar Angelita podría ser otra opción, dado que en la revisión encontré una foto donde una mujer comca´ac aparece con una cámara retratando a Graciela en el momento en que a su vez Graciela está tomando a la mujer. En lo personal, aunque no me inclino mucho por pensar en esta última hipótesis en la que Angelita sea la fotógrafa que retrata a Graciela, me parece interesante pensar que las dos mujeres, independientemente de su cultura, tuvieran una visión casi idéntica al retratarse mutuamente.

Elijo otra imagen donde ambas mujeres vuelven a ser retratadas, Angelita a la izquierda y Graciela a la derecha con la misma proximidad con la que aparecieron anteriormente, pero esta vez al ser retratadas de cuerpo completo, se advierte que Angelita es más alta y delgada que Graciela. Vemos también que están en un paisaje de clima desértico y sobre la arena luce el pie descalzo de Angelita, muy acostumbrado seguramente al calor. Atrás de ellas, quizá la casa blanca de Angelita donde fueron previamente retratadas mientras se maquillaban. Esta vez confirmo mis sospecha de que quién las fotografía es Luis porque enseguida encuentro una imagen en el mismo escenario en el que Angelita aparece retratada con Luis Entre ellos hay una distancia significativa que muestra una relación muy distinta a la de las dos mujeres. Como etnóloga sé que ser mujer facilita dentro de las comunidades indígenas tener acceso a los espacios femeninos y complica la aceptación en los masculinos, por ello no es de extrañarse tal distancia pese a que el rostro de Luis también haya sido pintado al estilo comca´ac. Un tono tierno se añade a esta imagen por la presencia de un perro blanco de orejas manchadas, los tres miran al unísono a Graciela.

Una última foto me devuelve a la hipótesis de Angelita como fotógrafa, y es que en esta imagen aparecen Graciela y Luis ¿Quién sino Angelita que estaba en la escena pudo haberles retratado? El horizonte levemente caído que contrasta con el horizonte de la foto anterior tomada por Graciela, así como el corte del perro delatan que no se trataba de alguien que mirara con técnica fotográfica, sino de manera más bien espontánea.

Concluyo que Graciela y Luis han sido retratados por Angelita, ella y el perro les miran, no son comca´ac como ellos, por más que se vistan y pinten de la manera en que lo hacen, pero tampoco son totales extraños, les enseñaron a pintarse, les prestaron su ropa para luego tomarse toda una serie de retratos. En ese dejarse retratar Graciela pintada y vestida como comca´ac tomó provisionalmente el lugar de Angelita, una mujer comca´ac, y Angelita al retratar a la pareja de citadinos, tomó el lugar de Graciela, la fotógrafa. Al menos por una imagen los roles se han invertido, los usualmente observados (grupos étnicos) miran a los que comúnmente les observan (fotógrafos) pero vestidos como si fuesen los siempre mirados, logran de manera seductora hacerme pensar en cómo los otros pueden percibirse en ausencia de sí mismos.


Valeria Vega

Marzo 2010.

6/12/09

Todos Santos de Brenda, Didier, Marta,Aureliano, Teo y Brenda


BRENDA A.





DIDIER







MARTA







AURELIANO






TEODORA








BRENDA