I. La niña de los muchos ojos.
La mirada es una niña con muchos ojos. Sí, a decir verdad, un poco monstruosa, como la niña de Tim Burton, en cuya deforme cabeza, innumerables ojos invaden los demás sentidos. Yo también me encontré a esta niña de extraña visión, el otro día en el parque, pero no hablamos de sus clases de poesía sino de fotografía étnica y el problema de saber a través de que ojo se mira al otro.
Percibimos y representamos fotográficamente a los grupos étnicos, con los ojos de nuestra propia historia, identidad, experiencia, propuesta artística o científica, posicionamiento político, clase socioeconómica, conocimiento, imaginario, etc.; es decir, a partir de una cultura determinada que baña nuestra visión de sentido. De este modo, por más que la mirada del fotógrafo quiera pasar como una niña de inocentes y cándidos ojos en los encuentros con la otredad, más bien se trata de una niña mosca muerta, que construye imágenes del otro para sí misma, alejada por lo general, de un profundo conocimiento sobre los grupos étnicos.
II. La niña exótica de Maler
Una tarjeta de visita en albúmina y dos colodiones, realizados en 1873 y 1874, son las más antiguas fotografías que conozco sobre las mujeres de la Mixteca de la Costa en Oaxaca. Estas imágenes fueron tomadas por el arquitecto alemán Teobert Maler, quien se alistó al ejército austriaco en 1864 para apoyar a las tropas francesas en México y una vez finalizada la intervención se dedicó paralelamente a vender sombreros en el interior del país y a la retratística itinerante.
Las fotografías de Maler, opina el investigador Ignacio Gutierrez, “no son tipos populares ni tipologías étnicas o morfológicas y mucho menos imágenes de lo exótico sino imágenes de autoafirmación de los sujetos representados para su disfrute en la intimidad y el entorno familiar”.[1] No obstante la cuestión del disfrute fuera cierta en el caso de que las mujeres mixtecas hayan contemplado sus respectivos retratos y que hayan sido retratadas por su propia voluntad, lo cual es probable dado que Maler se abocó, entre 1868 y 1878, a fotografiar a clientes de poblaciones rurales e indígenas, sobre todo a mujeres indígenas que así se lo pedían, el autor no parece escapar del todo a la tipología étnica, el exotismo y la filosofía positivista que predominaba en la época.
Teobert Maler
Es de notarse que ninguna de las jóvenes mixtecas ve directamente hacia a la cámara. Todas posan de perfil y con un expresión neutra, absortas en sus pensamientos, sostienen sus ojos en algún punto indeterminado de la escena. Sus miradas me hacen pensar que la cámara y/o el fotógrafo les inspiraban cierta incomodidad o temor, provocados quizá por el hecho de que ser retratada implica abrirse a la percepción de quien nos mira; a dejar que nuestro cuerpo y rostro, así como nuestras experiencias y contextos sean leídos por un otro, un hombre extranjero del que estas mujeres sospecho sabían casi nada.
En las imágenes de Maler, hay poco de contexto y de interrelación entre el fotógrafo y las fotografiadas. Se trata más bien de una mirada distante en la que se cuela cierta tipología de las mujeres mixtecas, no sólo porque son retratadas en un estudio que les separa momentáneamente de su cultura, sino porque son guiadas a colocarse en cierta postura y acomodar sus cántaros en determinada forma.
El intento por controlar algunos aspectos de la escena y las mujeres retratadas, así como las decisiones de enfatizar ciertos aspectos a través de un corte o ángulo específico, siempre conllevan la posición del fotógrafo y su particular opinión sobre el mundo y las personas que retrata. Maler no aplicaba un único juicio a los grupos étnicos, para él, el exterior de los indígenas no era tan miserable como las descripciones superficiales podrían hacer pensar; en ocasiones su vestimenta, alimentación e higiene dejaban que desear, pero en otras, los indígenas se bañaban casi a diario y sobre todo las jóvenes se distinguían por su bello y siempre limpio traje tradicional.[2]
Si bien ignoro en cual de estas categorías Maler consideraba estaban las mujeres mixtecas, al retratarles por lo general de medio cuerpo o tres cuartos, destacaba además de la indumentaria, la desnudez de sus pechos, característica que parece haberles convertido desde entonces en motivos de extrañeza y exotismo.
Teobert Maler
III. La niña erótica de Mutschlechner
A casi un siglo de distancia de las fotografías de Maler, otro alemán, el fotógrafo industrial Mario Mutschlechner, realizó entre 1967 y 1969, imágenes a color sobre mujeres de la Mixteca de la Costa, en los municipios de San Agustín Chayuco, Santa María Nutío y Santiago Ixtayutla.
Transcurrieron 41 años para que el autor publicara estas fotografías en su libro Ñundeui, al pie del cielo (conaculta, 2008). Frente a esta temporalidad, acontecida entre la manufactura de las imágenes y su publicación, el fotógrafo no fue capaz de establecer una distancia crítica con sus propias imágenes, ni con las realidades de las que emergieron. El lamentable resultado es un libro que destaca por la pobreza y falta de actualización de sus discursos visual y escrito. Sus imágenes pueden consultarse en http://zonezero.com/exposiciones/fotografos/nundeui/index.html.
Mario Mutschlechner
Así en pleno siglo XXI, Mutschlechner concibe a la Mixteca de la Costa como “una admirable isla en medio del inhumano huracán de los tiempos modernos” y a sus fotografías sobre la mujeres mixtecas como un “puñado de imágenes cuya inocencia embarga hasta la mirada más seca del hombre”. Y es que pese a que en ese entonces el autor reconocía existían en las comunidades problemas de alcoholismo y pobreza, el prefirió como lo dice en sus propias palabras “inventar un paraíso tropical”, “un mundo sin malicia, un retiro espiritual”.[3] En ese su paraíso tropical y atemporal, los mixtecos son un grupo aislado, inocentes y puros, que viven en comunidades sin conflictos ni avaricias, el buen salvaje de antaño.
Bajo sus ojos de explorador romántico, simplemente no hay lugar para la violencia.[4] Lo que tiene cabida son sus idealismos y gustos personales con base en los cuales justifica la imposición de su mirada erótica: “Lo que más me gustó de esa gente fue su pureza. Al ver estas mujeres con los senos descubiertos es evidente que la malicia del desnudo no existía en su cultura.” En sus imágenes, como en el caso de Maler, aparecen mujeres jóvenes de senos descubiertos cargando cántaros de agua, pero esta vez no se encuentran en un estudio, sino bañándose en el río o integradas en la flora tropical. En ocasiones las mujeres mixtecas parecen más bien observadas por un fotógrafo voyeur y para que no se nos olvide que al fotógrafo le gustan los pechos indígenas tenemos también un par de acercamientos de los senos de las mujeres mixtecas.
Las fotografías de Mutschlechner me hacen pensar que entre el exotismo y erotismo de la mirada fotográfica tan sólo hay una letra que les diferencía, al final ambos lidian con la excitación despertada por lo visual, el primero hacia lo nuevo y lo extraño; el segundo, hacia lo sensual.
Asimismo me hace recordar a Roger Bartra cuando señalaba que en la historia de la fotografía étnica existen dos puntos ciegos: violencia y erotismo. Por un lado, explica Bartra, el viejo esteriotipo de los indígenas como violentos, hambrientos de sangre, peligrosos, hostiles a los extranjeros y enigmáticos seres que asesinan a su propia especie, ha ocasionado que muchos fotógrafos se nieguen a reproducir este difamatorio arquetipo. Sin embargo, la violencia está ahí y el fotógrafo debería revelarla. Del mismo modo, los fotógrafos se han mostrado reticentes a desvestir a los indígenas con mirada erótica y a introducir sus cámaras en la intimidad sensual de los indígenas debido a otro arquetipo, el fotógrafo como representante de la sociedad moderna se niega a desempeñar el papel de macho conquistador que penetra y viola a la indefensa sociedad indígena y a que su cámara sea una extensión fálica de los poderes de la sociedad dominante. Por ello cuando lo es, lo hace en nombre de la ciencia y el progreso con una objetividad óptica desprovista de erotismo. Pero la cámara termina por traicionar a su dueño y se coloca por su cuenta en una posición erótica que deambula alrededor de cuerpos desnudos, caminares sensuales y sonrisas provocativas que insinúan la silueta de inconfesables deseos sexuales, atracciones, caricias y filtreos.[5]
Mario Mutschlechner
Es cierto que las mujeres mixtecas, han sido en diversas ocasiones miradas y representadas con este tipo de erotismo oculto; arrancadas de sus contextos e identidades culturales para pivilegiar únicamente las cualidades estéticas de la imagen, o cubrirlas de intencionales miradas fantasiosas. En todos los casos la mirada, esa niña mosca muerta que apareció al inicio del presente ensayo, se transforma en una mujer perversa que en su imaginar termina por negar la existencia del otro.
Quizá una posible salida para esa egoísta mirada fotográfica implantada sobre las mujeres mixtecas, sea que las y los fotógrafos apliquen algunas de los ideas que desde los años sesenta, la antropología plantea: cuestionar la autoridad etnográfica (en este caso fotográfica), abandonar como fuente de poder y legitimación el discurso etnográfico (fotográfico), e intentar restitutir a los informantes (fotografiados) su propia voz (imagen) en un mecanismo de autorepresentación que genere un verdadero diálogo visual y posibilite una representación más justa de la mujeres mixtecas, a través de sus propias maneras de ser y estar en el mundo.
Valeria Vega
Junio 2010
[1] Guitérrez, I. Teoberto Maler. Historia de un foógrafo vuelto arqueólogo. Testimonios de Archivo / 1. SINAFO / INAH, México, 2008.
[2] Maler, T. en ibid. p.75
[3] Mutschlechner, M. Ñundeui, al pie del cielo. conaculta, México, 2008. pp. 86 y 92.
[4] Hay que notificarle que de acuerdo al análisis de la Violencia en Oaxaca realizado en 1995-1996, -realizado por Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juarez, Centro Regional de Derechos Humanos de la Mixteca, Centro Los Príncipes, Centro de Derechos Humanos Bartolomé Carrrasco, Flor y Canto y Pueblos Indígenas de la Chinantla, entre otras organizaciones no gubernamentales. cit. Por La Jornada Septiembre de 1996- entre el 1 de enero de 1995 y el 4 de julio de 1996, Santiago Ixtayutla se destacó como uno de los municipios más violentos, con 13 asesinatos. Que en 1995 hubo un enfrentamiento entre habitantes de la comunidad de San Lucas Atoyaquillo e integrantes de Antorcha Campesina, dejando un saldo de ocho muertos y varias familias desplazadas de su comunidad; que en 1996, se asesinó de 45 balazos al electo presidente municipal de Santiago Ixtayutla, Rigoberto Merino, o que durante 1999, el enfrentamiento entre grupos de distintas facciones dejó un saldo de nueve heridos y al intentar linchar al administrador en curso murieron a machetazos y balazos el guardaespaldas del administrador, el comandante de la PJE y una persona de Xiniyuva, además de quedar una persona amputada.
[5] Bartra, R. Stuffing the Indian Photographically en History of Photography, Mexican Photography. Vol. 20, no. 3, Otoño de 1996. pp. 238-239. El artículo fue publicado primero como prólogo al catálogo Ojo de vidrio: Cien años de fotografía del México indio. Banco de Comercio Exterior, México, 1992.
Ñundeui, al pie del cielo
Contestando a Valeria Vega
por Mario Mutschlechner
Acabo de encontrar en Mirada étnica(http://www.miradasetnicas.blogspot.com/) el artículo “Exotismo y erotismo en la representación de las mujeres mixtecas” que la etnóloga Valeria Vega publico en junio de 2010 acerca de mi libro Ñundeui, al pie del cielo.
Daré mi punto de vista a las conclusiones de la etnóloga y con ello intento aclarar” el problema de saber a través de que ojo se mira al otro”.
Antes que nada subrayo lo que ya dije en el libro: Ñundeui es una visión personal y de ninguna manera una representación etnográfica de las mujeres mixtecas. Es un trabajo artístico apreciado por destacados conocedores del mundo indígena como el recién fallecido escritor Carlos Montemayor, el lingüista e investigador del México antiguo Patrick Johansson, el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, Culturas Populares del Conaculta y el periódico La Jornada, entre otros.
La oportunidad de retratar indígenas que no conocían los modelos occidentales del porte femenino, que no sabían de sostenes y de maquillaje fue significativo e importante para mi. Traté de captar la natural belleza y sensualidad de estas jóvenes sin jamás intervenir en la manera como se presentaban a la cámara o, para citar a Valeria Vega, sin intervenir en “su propia manera de estar en el mundo“.
Decepcionado y lastimado por el capitalismo deshumanizado de la Alemania de los sesentas interpreté aquella cultura indígena desde mi particular punto de vista. Quería “inventar un paraíso tropical” como contrapeso a las ciudades grises de Alemania, a la sociedad mecanizada de la cual venia, con una motivación y un colorido parecidos a los del pintor Paul Gauguin. Para mi estas mujeres representaban y representan una cultura tropical integrada a la Naturaleza, al disfrute del tiempo, del silencio, de su propia emocionalidad, y el hecho de conocer la sacralidad y armonía de la Naturaleza, valores que nuestra sociedad occidental descarta a cambio de dinero y bienes materiales.
Realicé estas fotografías para enfatizar que los seres humanos somos parte de la Naturaleza y que debemos aprender de las culturas ancestrales como vivir en armonía con ella.
Muchos años después, ya radicado en la Ciudad de México, descubrí que algunas de mis fotografías visualizan algunos de los versos más bellos y conocidos de la poesía prehispánica y los apareé para que caminen juntos.
De esta manera pude ilustrar con jóvenes indígenas la antigua sabiduría de “flor y canto”, logré conectarlas con la fugacidad de la vida y con el hecho, que lo único que trasciende al ser humano es su arte y pensamiento.
Para reforzar aún más esta conexión con la sabiduría y exótica cosmovisión del México antiguo he ligado mis fotografías con pictogramas de códices
precolombinos. Esta presentación tridimensional del mundo indígena mexicano, nunca antes realizada, genera una sinergía de formas, ritmos y significados, que, en palabras de Patrick Johansson “concilia la naturaleza y la humanidad, reconcilia el pasado y el presente, y da a ver y sentir la eternidad de los instantes.”
Doy gracias a Valeria Vela por haberme informado de un fotógrafo alemán, Teobert Maler, quien retrató mujeres mixtecas hace más de 125 años. Soy el primero en entender y valorar las dificultades técnicas y de todo tipo, que este hombre debe haber superado en los inicios de la fotografía para lograr sus documentos etnográficos. También aprecio que Valeria está familiarizada con algunos pueblos de la Mixteca Baja y de la Mixteca de la Costa y nos hable, por ejemplo, de la violencia en Santiago Ixtayutla.
Concluyendo agradezco su esfuerzo por analizar mi trabajo y punto de vista, pero creo que no entendió que Ñundeui, al pie del cielo es, más que un documento, poesía. Aunque ella no está de acuerdo con el hecho que he retratado mujeres mixtecas en su natural semidesnudez debería reconocer, que lo hice con respeto y con una visión que va más allá de su sensualidad y presencia física.
Para quien quiera conocer Ñundeui al pie del cielo anexo la liga de la editorial
EDUCAL, donde está a la venta
http://www.educal.com.mx/detalle.php?categoria=&folio=3578&titulo
y la liga de su presentación en 2009 por La Jornada:
http://www.jornada.unam.mx/2009/08/22/index.php?section=cultura&article=a04n2cul
México DF, a 18 de enero de 2011
mario.mutschlechner@gmail.com